A Andrea
Estaba en lo cierto al decirte que cuando te hablaba de que realmente no la quería y que ya jamás amaría a nadie no trataba siquiera dar un paso hacia tí, en la dirección en la que tú, mirando de reojo, me esperabas (eso pensaba, que en el fondo me esperabas otra vez). Que cuando te llamaba amigablemente contándote de Cármen y de cómo me bastaron cinco días para darme cuenta de lo que en cinco meses sentiría a diario, y hablando los dos de las relaciones en pareja y explicándote yo que nunca amaría y que nunca amé (y te lo decía a tí, que hacía no mucho me dejaste), cuando marcaba tu número en mi teléfono nunca lo hacía pensando en tu lógica reacción interior, en que pensarías claro, lo que realmente amas es a mí y me llamas por eso y me quieres y me quieres tener otra vez. Yo con Cármen me di cuenta de muchas cosas que no fui capaz de sentir cuando los dos andábamos juntos, antes, durante y después de nuestra relación de ocho meses. Ahora tú estás, eso creo, con ese tipo de la Complutense. Tú muy bien y yo muy bien. Qué falso, pensarás, y yo te digo como desde detrás como desde la nuca y como enrevesado en tu cabello, que no.
Me abriste los ojos al dejarme, a mí que de verdad creía estar empezando a descubrir el verdadero amor. A olvidarme de mí. A pensar en Goethe con una creciente simpatía y menos escepticismo. A olvidar antiguos fracasos. Hubiera preferido al principio, cuando me encontraba tan sólo y mal, tan llorando y tan necesitándote y queriendo llamarte a cada rato y aguantándome pensando así en recuperarte, sin saber tú de mí, hubiera preferido entonces que jamás ocurriera que me dejaste y seguir ciego de aquel acercamiento al amor, ciego viendo la luz al final del laberinto trepando la pared al final de cada desfiladero o al torcer cada esquina, trepando la pared del laberinto cada vez que dormías a mi lado, tan Wong Kar, tan rojo saturado, dormías a mi lado y yo soñaba despierto que agarraba la enredadera y escalaba y la veía.
Me abriste los ojos al dejarme y dejamos que el tiempo pasara y volví a mí y escuchaba a Beck decir I feel loose, I feel haggard, don't know what I'm looking for; something true, something lovely that will make me feel alive y leía y sabía de lo que había de verdadero entre Horacio y La Maga y me perdía en Manuela y en sus garitos, entre las estrellas de la vía láctea y conocía y hablaba y bebía y hacía el amor para sentir otra vez ¡por fín! el escozor del vacío clavado en mi pecho y ver, más allá de la falsa luz (¡tan sólo una bombilla de tungsteno! ¿te das cuenta?), que el laberinto seguía y seguía hacia el no-amor.
Como cuando escribía aquella historia sobre Samuel y su desamor y escribía que Samuel entendía que nunca amó realmente a Julia, quien le había dejado, todo siempre como parte de ese absurdo plan de hacerte saber que ya nada, que no te quería, para así recuperarte. Pero luego ya no, Andrea, y perdóname por ese mareo en forma de novela y de bordería pero miradas, de no pero sí. Porque luego ya vino yo, y Malasaña, y otras, y No-amor.
Luego lo siguiente. A mí también se me hizo harto difícil ese momento, aunque yo no te lo dijera y tu a mí sí. Siempre había sido así ¿no lo sabes? tú mostrabas y yo guardaba, yo guardaba que cuando salías y te veías con el tipo ese de clase yo me incendiaba, que lo que decías y me dolía me dolía de verdad, que todo era tan verdadero a veces y no tanto otras. Fue realmente complicado ese momento para mí también, después de que nos hubiéramos alejado, después de vernos y actuar así como si nada, de conversar como simples conocidos y guardándonos tantas cosas. Detrás de la parada nos abrazamos como si fuera la primera vez, apretándonos como si fuera la última, y tú llorabas contra mi pecho y yo entonces te.
Y no fue así por tu cerrazón, esa forzada negación de las emociones a flor de piel que te empeñaste en mantener a toda costa. No quise volver, ni siquiera hacer el amor, tan sólo anhelaba avanzar, liberado de todo lastre humano que acompaña las relaciones de pareja, hacia aquel acercamiento que un par de años antes iniciamos, inocentes, tan afines tu y yo, juntarnos un poco más, acercarnos al imposible del encuentro verdadero. Sólo quise, más allá de cualquier superficie (o rencor, pérdida, envidia, posesión), sentir el abrazo de dos almas desnudas. Tan sólo tu y yo, sin tu-meses-de-relación ni yo-meses-de-relación. ¿Por qué no lo entendiste? Hubiera sido tan bonito. Tan superar. Tan un momento.
Tan un momento. Por eso tan verdad. Pues todo en la vida es incesante anhelo de permanencia. Te lo digo escuchando los tres últimos minutos de Keane en Put it behind you, banda sonora del streaptease de dos almas como las nuestras frente a frente.
............................................................... .......
.. continuará ...................................................
VaSSago dijo
Me gusta mucho tu forma de escribir, tienes un estilo muy particular que a mi me encanta, aunque la temática sea triste, (ésta temática es de mis preferidas y suelo escribir con asiduidad sobre éstos temas en mi blog ^^ visítalo si tienes un rato libre)
Saludos
14 Junio 2006 | 01:18 AM