A Silvia
Yo pensé siempre que aquello no fue más que eso y que el olvido vendría a buscarnos a cada uno por separado y sin que nos resistiéramos; que tres polvos y cuatro planes no darían de sí demasiado; que tú, después de irte, llevaste la historia demasiado lejos.
Y no me quejo pero, en cambio, me apena. Siempre intenté decirte que aquella primera vez maltumbados bajo las luces brillantes (deslumbraban a veces, recuerdo, y dolía si las miraba tras un rato de ojos cerrados, pero me gustaba, me agradaba, me alimentaba) bajo las luces del Gran Meliá Fenix, maltumbados e incómodos, las piernas y el metal de los bajos de cada asiento delantero de tu Polo, la ventana y baho pegados y pegajosos y nuestras cabezas, el techo tan abajo, casi en el suelo, el espacio que se cerraba en sí mismo si abrías los ojos, no muy cómodos entonces frente aquel precioso hotel (dímelo, cuán en serio pensamos en volver al lugar y dejar polos y estrechos y dormir en aquella habitación que se adivinaba si levantabas la cabeza desde allí o desde cualquier punto de Colón, con esa cama que nos merecíamos entonces, entonces pero no ahora, no en verdad, y es lo que intento decirte y sigo), no muy acomodados no muy agusto nuestros cuerpos rebozándose en el tapizado negro de colores que jamás me gustó, que aquella vez primera fue tan solo lo que fue lo que ocurrió lo que se vio y sin tener el verbo significar un solo matiz subjetivo que aportar al irremediable drama de la existencia humana como simple acontecimiento.
Perdón por mi escepticismo, que quizás no sienta bien ahora, ahora que me lees sabiendo que me voy, que me voy para siempre. Pero ¿ves? Incapaces de huir de cualquier circunstancia subjetiva que acompaña los hechos o siquiera los escritos, vertemos sobre éstos todos los colores que encontramos alrededor. Huye de esa dispersión de deformaciones lo más que puedas. Tampoco quiero aburrirte con estos incisos rimbombantes acerca de la forma misma de lo contado.
Antonio me dijo una vez "oye escucha Miguel mi hermana viene y se va". Jamás entendí que no te fueras, que te fueras a Francia como de costumbre y que no te fueras del Meliá. Que me llamaras a las semanas, ya a los meses, diciéndome de tí y de tu vida y hablándome como mi novia. Diciéndome te quiero. Escucha, nunca sabrás, ni yo ni tu ni otro, lo que es te quiero. Decir te quiero es decir te requiero, es decir te admiro, es decir te añoro, te espero incluso, es decir has entrado en el trozo de mi ser dedicado a poseer, es decir todo eso y es no saber estar diciendo todo eso ni estar queriendo acercarse al otro por deseo. Nunca sabrás lo que es te quiero Silvia.
Viniste, me acuerdo perfectamente, un viernes de Marzo y un doce de Marzo y un nublado de Marzo. Recuerdo lo nublado del día por la charla del profesor de literatura universal acerca de las nubes y su relación con el romanticismo de Coleridge aprovechando que el día "acompañaba" e impartiendo la clase al aire libre (frío y varias amenazas de lluvia) tras el edificio de electrotecnia. Electrotecnia electricidad magnetismo Maxwell Biot Ampère Savart conducción semi bjt mos; es sincero el amor del electrotécnico. Tu coleta fue en lo primero que me fijé seriamente. Estabas sentada frente a Alfonso, sentada de pie, apoyada en el mármol de la cocina de la tía Regina, que se casaba pronto con aquél hijo de puta con nombre de caballo y olor a rancio. Al tiempo me di cuenta de que el romanticismo coleridgeano, si bien parte de un pensamiento sobre la idea y la inspiración y acompaña a un rechazo al racionalismo irracional de la ilustración Rousseau Diderot Voltaire Holbach, lleva consigo y da sin querer prioridad (subrayado) a una determinada forma de representación (punto) de la sensación de que el paisaje es una extensión del alma y que lo que prevalece e importa verdaderamente es la experiencia y el aquí y ahora, (sigue) a una forma que acentúa y llega incluso a ¡señalar! Que, en definitiva, artificializa la manifestación de lo esencial a través del lenguaje, artifializa artificializa. De que no se une insipración romántica con representación realista por ejemplo, de que parece que uno es más romántico por lo barroco de su literatura. Luego, al acompañarte a casa de Antonio, llevando las maletas, te vi, me apeteciste, te deseé. En la cocina me llamó la atención tu coleta, la goma de cuatro colores que la envolvía, la rebuscada pero armoniosa manera en que tu pelo castaño salía para doblarse hacia abajo lentamente. Unido al flequillo y los laterales, me recordaba a algo que había visto en ARCO. Eras una chica guapa, bien, delgada. Tampoco es que me vayan las tías castañas delgadas bien. Pero me apeteciste mucho de camino con las bolsas y las maletas, detrás tuyo todo el trayecto, sin decirnos una palabra, pereza por mi parte y no se qué por la tuya. Un buen culo, pensé, parece interesante, no habla, tiene que tener mucho que decir, un poco tímida, mira bien. Interpolado al cine, debe ir por el camino de hacer lo posible por meter al espectador enteramente en la misma experiencia que vive el personaje mostrado; por lo tanto ahorrarse efectismos gratuitos, siendo gratuito todo lo que no sea exigido por una imagen necesaria. Huir, en definitiva, del romanticismo plástico. La belleza plástica es lo más aterrador que uno puede perseguir como fin al hacer cine: morirá y vagará como un fantasma por un mundo sin significado relacional, componiendo colores sobre la superficie de las cosas.
Tampoco entendí tu relación con Antonio. No le viste más que cuatro o cinco veces en toda tu vida, pero no estabas. No estabas con él cuando estabas con él ni él estaba contigo cuando estaba contigo. Os mirabais pero no os veíais; lo vi en cuanto os vi juntos, le vi y te vi, vi el grueso cristal, muro que vidas separa, almas desencuentra y viajes de vuelta de golpe termina. Cruzamos nueve pasos de cebra, no son pocos, treinta y un árboles de Mersenne, cinco calles de Madrid y el portal cincuenta de Montera. Me hablaste de él. Otra cocina para un regreso, el saludo, el abrazo, la búsqueda y el desencuentro. Yo, un espectador privilegiado. Que hace tres años y medio que no le veías, me dijiste. Os abrazásteis. Y lo que digo. Como por ejemplo aquella vez en el café de Princesa, donde hablábamos de Rocío, y por Rocío de El Corazón es un cazador solitario, y por McCullers del liberalismo, y yo me callé, me quedé atrás y os vi avanzar, tú a tu lado y Antonio al suyo, con miedo de perderos otra vez, con miedo de no salir de Madrid-Orléans, con miedo de aceptar lo terrible de ser hermanos y no conoceros. O esa otra vez en el Retiro, años antes, cuando tomabas un helado de chocolate y Antonio te miraba como a una chica, como a una chica y no como a una hermana. Y es lo que veía y veo, que no te ve y tu tampoco a él, porque tu no eres tú, Silvia, sino su hermana; él es tu hermano y no él.
Por eso, Silvia, por eso mismo yo después de ser tuyo ya no soy de él. Mira que tardamos en darnos cuenta, darnos digo porque no lo mencionaste y entonces yo supe que lo omitías, que no lo ignorabas, tardamos, sí, y la cagamos aunque eso ya qué más da. Porque podría ser tan sencillo como llevarme conmigo el secreto que te grité tantas veces, por teléfono y por correo, tan sencillo como esconderlo a un lado del camino, conmigo, mientras el tiempo pasa de largo contigo y con Antonio y con todos los demás. Pero no y te lo dejo por escrito póstumo, quizás por vicio puro, por innecesario e inconsciente vicio estético. Siempre lo fui, ahora que lo pienso. Un asqueroso esteta. Te dejo constancia y terminemos, Silvia, que necesito tiempo para los demás. Yo jamás te amé.
prieta dijo
Tu Silvia se parece a mi Inti, leyendo esto sentí un nudo en la garganta, como si los recuerdos me ahorcarán lentamente.
Te pido que no mueras hasta antes de escribir más post, para poder regresar a leerte siempre y saber que hy alguien que sintió por su Silvia, lo mismo que alguna vez sentí por Inti.
30 Mayo 2006 | 03:20