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La Coctelera

Adios: Confesiones de un suicida

Te dejé en medio de la carretera, tirada, avanzando bajo la luz de la ciudad distante, mi vida, te dejé una vez y para siempre

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30 Mayo 2006

A Silvia

Yo pensé siempre que aquello no fue más que eso y que el olvido vendría a buscarnos a cada uno por separado y sin que nos resistiéramos; que tres polvos y cuatro planes no darían de sí demasiado; que tú, después de irte, llevaste la historia demasiado lejos.

Y no me quejo pero, en cambio, me apena. Siempre intenté decirte que aquella primera vez maltumbados bajo las luces brillantes (deslumbraban a veces, recuerdo, y dolía si las miraba tras un rato de ojos cerrados, pero me gustaba, me agradaba, me alimentaba) bajo las luces del Gran Meliá Fenix, maltumbados e incómodos, las piernas y el metal de los bajos de cada asiento delantero de tu Polo, la ventana y baho pegados y pegajosos y nuestras cabezas, el techo tan abajo, casi en el suelo, el espacio que se cerraba en sí mismo si abrías los ojos, no muy cómodos entonces frente aquel precioso hotel (dímelo, cuán en serio pensamos en volver al lugar y dejar polos y estrechos y dormir en aquella habitación que se adivinaba si levantabas la cabeza desde allí o desde cualquier punto de Colón, con esa cama que nos merecíamos entonces, entonces pero no ahora, no en verdad, y es lo que intento decirte y sigo), no muy acomodados no muy agusto nuestros cuerpos rebozándose en el tapizado negro de colores que jamás me gustó, que aquella vez primera fue tan solo lo que fue lo que ocurrió lo que se vio y sin tener el verbo significar un solo matiz subjetivo que aportar al irremediable drama de la existencia humana como simple acontecimiento.

Perdón por mi escepticismo, que quizás no sienta bien ahora, ahora que me lees sabiendo que me voy, que me voy para siempre. Pero ¿ves? Incapaces de huir de cualquier circunstancia subjetiva que acompaña los hechos o siquiera los escritos, vertemos sobre éstos todos los colores que encontramos alrededor. Huye de esa dispersión de deformaciones lo más que puedas. Tampoco quiero aburrirte con estos incisos rimbombantes acerca de la forma misma de lo contado.

Antonio me dijo una vez "oye escucha Miguel mi hermana viene y se va". Jamás entendí que no te fueras, que te fueras a Francia como de costumbre y que no te fueras del Meliá. Que me llamaras a las semanas, ya a los meses, diciéndome de tí y de tu vida y hablándome como mi novia. Diciéndome te quiero. Escucha, nunca sabrás, ni yo ni tu ni otro, lo que es te quiero. Decir te quiero es decir te requiero, es decir te admiro, es decir te añoro, te espero incluso, es decir has entrado en el trozo de mi ser dedicado a poseer, es decir todo eso y es no saber estar diciendo todo eso ni estar queriendo acercarse al otro por deseo. Nunca sabrás lo que es te quiero Silvia.

Viniste, me acuerdo perfectamente, un viernes de Marzo y un doce de Marzo y un nublado de Marzo. Recuerdo lo nublado del día por la charla del profesor de literatura universal acerca de las nubes y su relación con el romanticismo de Coleridge aprovechando que el día "acompañaba" e impartiendo la clase al aire libre (frío y varias amenazas de lluvia) tras el edificio de electrotecnia. Electrotecnia electricidad magnetismo Maxwell Biot Ampère Savart conducción semi bjt mos; es sincero el amor del electrotécnico. Tu coleta fue en lo primero que me fijé seriamente. Estabas sentada frente a Alfonso, sentada de pie, apoyada en el mármol de la cocina de la tía Regina, que se casaba pronto con aquél hijo de puta con nombre de caballo y olor a rancio. Al tiempo me di cuenta de que el romanticismo coleridgeano, si bien parte de un pensamiento sobre la idea y la inspiración y acompaña a un rechazo al racionalismo irracional de la ilustración Rousseau Diderot Voltaire Holbach, lleva consigo y da sin querer prioridad (subrayado) a una determinada forma de representación (punto) de la sensación de que el paisaje es una extensión del alma y que lo que prevalece e importa verdaderamente es la experiencia y el aquí y ahora, (sigue) a una forma que acentúa y llega incluso a ¡señalar! Que, en definitiva, artificializa la manifestación de lo esencial a través del lenguaje, artifializa artificializa. De que no se une insipración romántica con representación realista por ejemplo, de que parece que uno es más romántico por lo barroco de su literatura. Luego, al acompañarte a casa de Antonio, llevando las maletas, te vi, me apeteciste, te deseé. En la cocina me llamó la atención tu coleta, la goma de cuatro colores que la envolvía, la rebuscada pero armoniosa manera en que tu pelo castaño salía para doblarse hacia abajo lentamente. Unido al flequillo y los laterales, me recordaba a algo que había visto en ARCO. Eras una chica guapa, bien, delgada. Tampoco es que me vayan las tías castañas delgadas bien. Pero me apeteciste mucho de camino con las bolsas y las maletas, detrás tuyo todo el trayecto, sin decirnos una palabra, pereza por mi parte y no se qué por la tuya. Un buen culo, pensé, parece interesante, no habla, tiene que tener mucho que decir, un poco tímida, mira bien. Interpolado al cine, debe ir por el camino de hacer lo posible por meter al espectador enteramente en la misma experiencia que vive el personaje mostrado; por lo tanto ahorrarse efectismos gratuitos, siendo gratuito todo lo que no sea exigido por una imagen necesaria. Huir, en definitiva, del romanticismo plástico. La belleza plástica es lo más aterrador que uno puede perseguir como fin al hacer cine: morirá y vagará como un fantasma por un mundo sin significado relacional, componiendo colores sobre la superficie de las cosas.

Tampoco entendí tu relación con Antonio. No le viste más que cuatro o cinco veces en toda tu vida, pero no estabas. No estabas con él cuando estabas con él ni él estaba contigo cuando estaba contigo. Os mirabais pero no os veíais; lo vi en cuanto os vi juntos, le vi y te vi, vi el grueso cristal, muro que vidas separa, almas desencuentra y viajes de vuelta de golpe termina. Cruzamos nueve pasos de cebra, no son pocos, treinta y un árboles de Mersenne, cinco calles de Madrid y el portal cincuenta de Montera. Me hablaste de él. Otra cocina para un regreso, el saludo, el abrazo, la búsqueda y el desencuentro. Yo, un espectador privilegiado. Que hace tres años y medio que no le veías, me dijiste. Os abrazásteis. Y lo que digo. Como por ejemplo aquella vez en el café de Princesa, donde hablábamos de Rocío, y por Rocío de El Corazón es un cazador solitario, y por McCullers del liberalismo, y yo me callé, me quedé atrás y os vi avanzar, tú a tu lado y Antonio al suyo, con miedo de perderos otra vez, con miedo de no salir de Madrid-Orléans, con miedo de aceptar lo terrible de ser hermanos y no conoceros. O esa otra vez en el Retiro, años antes, cuando tomabas un helado de chocolate y Antonio te miraba como a una chica, como a una chica y no como a una hermana. Y es lo que veía y veo, que no te ve y tu tampoco a él, porque tu no eres tú, Silvia, sino su hermana; él es tu hermano y no él.

Por eso, Silvia, por eso mismo yo después de ser tuyo ya no soy de él. Mira que tardamos en darnos cuenta, darnos digo porque no lo mencionaste y entonces yo supe que lo omitías, que no lo ignorabas, tardamos, sí, y la cagamos aunque eso ya qué más da. Porque podría ser tan sencillo como llevarme conmigo el secreto que te grité tantas veces, por teléfono y por correo, tan sencillo como esconderlo a un lado del camino, conmigo, mientras el tiempo pasa de largo contigo y con Antonio y con todos los demás. Pero no y te lo dejo por escrito póstumo, quizás por vicio puro, por innecesario e inconsciente vicio estético. Siempre lo fui, ahora que lo pienso. Un asqueroso esteta. Te dejo constancia y terminemos, Silvia, que necesito tiempo para los demás. Yo jamás te amé.

servido por Miguel 7 comentarios compártelo

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

prieta

prieta dijo

Tu Silvia se parece a mi Inti, leyendo esto sentí un nudo en la garganta, como si los recuerdos me ahorcarán lentamente.
Te pido que no mueras hasta antes de escribir más post, para poder regresar a leerte siempre y saber que hy alguien que sintió por su Silvia, lo mismo que alguna vez sentí por Inti.

30 Mayo 2006 | 03:20

Pantomime

Pantomime dijo

Aquella foto decía mucho; esa en la que el espiritu comenzaba a despedirse del cuerpo ya lánguido. Llovía y te resguardabas bajo un techo alto, sintiendo el oreo que recorría el tunel y que daba gusto escuchar en silencio.
El espiritu se te escapó por fin un día de mayo y ahora vagas dentro de tu cuerpo vacío, intentando recuperar algún resquicio que te aliente, alguna frase en boca de otra que te ayude en la busqueda de lo perdido. Y yo te digo, no busques aquí, pues es en vano. Deja que la luz de las farolas te acaricien estos días, vaga por las calles, humedécelas con tus lágrimas, siente esa complicidad con el espacio; sientate en un banco perdido, esos que aún no han sentido el peso de nadie y habla con el paisaje urbano. Notarás como algún dedo empieza a acariciar de nuevo el timón.

30 Mayo 2006 | 11:59

Juan Ma

Juan Ma dijo

EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEE! Bien escrito, quizas en algunos momentos cuesta segir la historia.Pero me gusta como escribes, sigue así.

11 Julio 2006 | 01:20

pull-over

pull-over dijo

venga postea y menos HQM

19 Julio 2006 | 10:54

SHEREZHADE

SHEREZHADE dijo

A Miguel:

¿Por donde empezar? Uno se decide a escribir una carta y luego no termina de acertar con el comienzo y es que resulta que las ideas se colapsan en la boca y en el papel, cuando es mucho lo que se quiere decir y poco el espacio, o poca la inteligencia o incluso las ganas. ¿Qué decirte ya a estas alturas? ¿Que esta farsa fue producto de una necesidad mutua de nuestras dos soledades? ¿Qué seas feliz allí a donde quiera que vayas? ¿Qué siempre me han gustado los días de lluvia y las despedidas? Qué fácil. Escrito. Hecho. Fin. Pero no creo que eso sea realmente lo que quieras o esperes escuchar.
Es inútil no admitir que al principio me costó encontrarte, que siempre estabas pero no estabas, que desde el principio tus ojos no respondían a nada, inanimados, exánimes, vacíos. Me mirabas si, y sin embargo no querías verme, jamás intentaste verme, ver más allá de la imagen colectiva de los hechos, de las figuras, de las sombras y contornos. Al parecer hace ya tiempo que lo haces, caminas por la vida con un plano de museo, contemplando, cuadros anecdóticos, uno por cada día de tu vida, fotografías sin historia como si buscaras en cada instante de tu biografía la pureza de una realidad objetiva y estática, que no siempre estética, pero sin vida. Y sin embargo tardé en descubrirte, en ver que yo sólo era una pincelada más, un trazo sin color definido en cualquier cuadro mal colgado de tus paredes. Tardé en descubrirte porque creo no quería descubrirte, porque nunca he sido muy lista y de pronto me asustó notar que me ahogaba entre montones de silogismos cuya última proposición siempre apuntaba a lo mismo: Tú no me querías.

Sin embargo puede que no, puede que en realidad no tardara tanto en comprender que ya la primera vez bajo las luces del Gran Meliá Fenix, tu desnudez sudorosa desprendía un calor artificial sobre mi cuerpo, que tus dedos tecleaban mecánicamente la costumbre del placer, que todo, tu y, tal vez, yo, respondía a una fórmula matemática, que el ángulo agudo que formaban nuestros cuerpos sobre la tapicería del coche, había sido trazado desde el principio, desde antes, incluso, de conocernos, con escuadra y cartabón y como Dios manda. Que el amor era ficticio y que yo yacía extenuada, jadeante e inmensamente feliz junto a tu cadáver. Y entonces tuve frío, sí, tuve frío pero reconozco que no te dije nada, nada porque por un momento tuve miedo de que no me abrazaras o de que me abrazaras, o no sé, pero el caso es que no dije nada. Tu permanecías con los ojos cerrados a mi lado, o con las cuencas vacías, o con las manos vacías, o con el estómago vacío o tal vez ni siquiera estuvieses a mi lado. En realidad me lo he preguntado muchas veces porque me pasa que en ocasiones siento que no te conocí, en el fondo es cierto que nunca supe bien quien eras, ni quien fuiste, ni quien llegarías o no a ser, pero me refiero sin embargo a que creo que no te conocí por que no existes, porque no exististe o no conmigo.

Siempre has sido una especie de viejo poema, uno de Neruda, callado y como ausente, en una constante carrera contra los sentimientos de la que siempre salías vencedor, y nuca me atreví, no me atreví a decirte que a veces tenía frío a tu lado, a preguntarte por qué corrías, hacia donde, o que esperabas conseguir apoyado en el quicio de la puerta, siempre al margen, preguntarte cuál era tu meta, o tu miedo o cómo conseguías mirarme con los ojos cerrados. También pasaba que me dabas envidia, porque nunca sufrías, porque, observador, te quedabas callado en una silla con los ojos y la mente en blanco o en negro, porque te dedicabas a realizar instantáneas de cualquier momento, pero siempre desde fuera, desde detrás de la puerta, sin llegar a entrar del todo. Y me daba envidia porque separabas con facilidad el cuerpo del alma, como desuniendo una tira de belcro, como un poeta barroco (tal vez Álvarez de Toledo) como un sastrecillo valiente, aunque más tarde entendí que tu alma no se encontraba apresada en ninguna parte y que los valores se habían intercambiado. Tú exhibías tu cuerpo y despreciabas el alma, pero con una seguridad melancólica que cada vez me hacía quererte más.

Me reprochas en cambio que no sé qué es te quiero, te quiero es la proposición socorrida de la que uno echa mano a modo de salvavidas cuando descubre que hay sentimientos tan reales que son incapaces de ser expresados. Y es que resulta que lo abstracto de la vida normalmente es imposible de definir, de testificar con palabras, y eso es algo que se escapa a tu absurda manía de racionalizarlo todo. Absolutamente todo. Y puede que no sepa que es te quiero, o que te quiero no exista o que simplemente sea un juego lingüístico sin dueño, o que no se pueda explicar, porque ya dijo Wittgenstein que sólo las proposiciones que representan hechos son consideradas cognitivamente significativas y puede que te quiero no sea un hecho y puede que de hecho yo tampoco te quisiera tanto en realidad.

Por eso me extrañó siempre tu obsesión por el romanticismo, por el predominio de la imaginación sobre la razón, de la emoción sobre la lógica o de la intuición sobre la ciencia, por eso me sorprendía tanto que adorases a Coleridge al tiempo que opcionalmente taladrabas tu vida con la idea de huir de la subjetividad de los hechos y de las deformaciones sentimentales de la realidad. Artificiosidad. Y de pronto parecía que intentabas cuadricularlo todo, simplificarlo al máximo, hacer de tu vida sólo trazos horizontales y verticales de color negro. Como aquella charla estúpida que tuvimos cerca de Malasaña. Esa noche tú habías discutido con tu padre o él contigo o tu con el viento, la verdad es que no recuerdo bien. Yo buscaba algo de comer, pero te encontré a ti, dándole patadas a la acera. Entramos en el primer bar que vimos abierto yo tenía que ir al baño y tu necesitabas urgentemente un trago. Y dos, y tres y la suma hizo que acabáramos borrachos de indiferencia y de abandono y de tequilas en un portal del que no paraba de salir gente a pesar de la hora. Jamás volví a pasar por allí. Y entre bostezos, mientras jugabas con los cordones de tus zapatillas, me enteré de que tu cuadro favorito era uno de Malévich (lo que sea pero ruso) uno blanco o en blanco o no sé, no entiendo mucho de pintura... y supe que te morías por viajar a Nueva York y poder examinarlo de cerca, y me hablaste del suprematismo o del neoplasticismo y de Mondrian y de colores básicos y de blancos y negros, que yo pensé que si en un momento dado te convertías en un cuadrado blanco sobre fondo blanco te daría igual. Seguirías siendo un poco tú. Porque al fin y al cabo nunca dejaste de ser tú. Camuflado, escondido y solo. Pero tu mismo, tranquilamente tú. Y entonces refunfuñé, sigo sin entender el encanto de esos cuadros, son sosos, simples, fáciles de imitar y te enfadaste. Esos cuadros son lo que parecen. Así de confidencial, así de duro. Más tarde me informé pero sigo sin saber si me agrada la mezcla de objetivo/subjetivo de esos cuadros. No entiendo el mérito de su simpleza. Tú sin embargo te convertiste ese día y para siempre en un cuadro de Malévich. En una alusión de ti mismo. En un espacio en blanco.

Y de vez en cuando traté de explicarte lo sola que me sentía contigo en el ala vacía de tu museo. Sólo eco. Siempre eco. También llegué a pensar que tal vez buscases simplemente tu propia perfección en la máxima del “menos es más”, en la sencillez esencialista del funcionalismo. Todo es lo que es, sin ir más allá, sin levantar el mantel y contar cuántas patas sujetan la mesa. La simpleza de lo elemental, de lo imprescindible, seco, preciso y sin vueltas. Tal y como definió Hemingway a Baroja. Sólo que de pronto tu te convertiste en Baroja y yo en un simple boceto destinado a acabar sepultado por el fracaso en cualquier papelera. Y así me sentía un poco, como un experimento fracasado, sin entender bien por qué. Tal vez yo también fuese lo que era y, tal vez, involuntariamente o ignorándolo, me hubiese considerado hasta entonces bastante más que un simple muñeco entre el gentío, dos piernas, dos brazos, dos tetas, simples trazos dibujados en cualquier papel, poco más compleja que el monigote de un semáforo, sólo que con algo más de vida, aunque quizá tampoco tanta. Y sin embargo, no, sigo pensando que tampoco es tan sincero el amor del electrotécnico, que tanta racionalización termina por guillotinar lo auténtico del amor. El amor del electrotécnico, no es sincero, no es real, no es. Y tal vez sienta admitirte a estas alturas que no haya sido más que un conjunto de efectismos intencionados buscando impresionarte, o despertarte o sentirte vivo otra vez. Lo siento si he caído en el vicio del menor esfuerzo y me he convertido en una muestra más de la belleza plástica a la que tanto temes. ¿Belleza? Los objetos pueden ser juzgados bellos cuando satisfacen un deseo desinteresado que no implique intereses o necesidades personales. Tal vez por eso te gusté, porque no buscabas nada, porque no querías nada. Y entonces ¿qué?, ¿por qué?

En el fondo esta es sólo una más de todas las cosas que jamás entendí de ti y tal vez la más importante, pero no te dije nada, no te dije nada cuando pude, cuando aún tenía sentido, cuando aún venía a cuento, poco más tarde ya te echaba de menos. No podía dejar de pensar en ti, en todo, en cómo o qué debía hacer para salvarte de ti mismo. Por hacer que pasaras a la habitación, por que dejases de aferrarte a los marcos de las puertas y te quedases siempre fuera de todo, fuera de mí, de nosotros. Pero tú poco a poco te escapabas, te escurrías entre los dedos, entre los besos y te arrastrabas por las calles, escondiéndote sin que te viese o tal vez para que no te viese. Y no te dejaste cuidar.

Finalmente, tal y como querías, el olvido vino a buscarnos por separado, pero vino por la fuerza, como un sicario de tu conciencia. Y ahora siento admitirlo, Miguel, pero en realidad no me esperaba otra despedida por tu parte, tal vez debiera alegrarme de que después de todo decidieses dar algún tipo de explicación y sin embargo debo de ser franca y confesarte que una despedida de este tipo y a estas alturas ya no tiene sentido. Miguel, tú siempre estuviste muerto.

Silvia

Aki lo tienes por fin, ya me diras AG. Y cuando quieras Salamanca.Cuidat.Un besin.

22 Octubre 2006 | 07:53

serezades

serezades dijo

estas bien parami gusto nada del otro mundo pero para empezar de cero no esta nada mal sigue que te veo futuro xk tienes imaginacion tienes mi apoyo animo. falta tienes que expresarte mejor y ortografiar mejor ese texto y saber poner "los puntos sobres las ies" y cada escena a su momneto y organizar un poco el texto. consejo debes leer mucho para saber expresarte mejor y corregir tus faltas. un beito y muchos animos que eslo que necesitas Sherezhade un besito xao badajoz para lo que quieras. 6220324579

1 Agosto 2007 | 09:42

AG

AG dijo

Tranquilo Miguel, creo que serezades está en fase humor. No, serezades?

2 Agosto 2007 | 12:02

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Miguel Ramos Alcántara. Tengo 24 años y un día de estos dejaré de vivir, para siempre (espero; si no, menuda gracia). Lo decidí ya hace un tiempo y, como cuando uno dice sí sí, ahora salto, me tiro del tobogán, y hasta que no está en el borde y debe soltarse no sabe lo que significa su decisión, estoy en un momento de tránsito. Pero con la decisión muy firme.

Antes de morir, quiero escribir a alguna gente querida y no tan querida que ha pasado por mi vida los últimos años.

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