Te dejé en medio de la carretera, tirada, avanzando bajo la luz de la ciudad distante, mi vida, te dejé una vez y para siempre
30 Agosto 2006
30 Agosto 2006
¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Estarás allí, al otro lado?
Un día creí verte saliendo de un garaje en Sagasta. Un día pensé haberte encontrado bajándonos a Almansa. Un mes o un año, mucho tiempo, imaginaba cómo me mirabas desde la ventana, esquina del edificio rojo, cuando llegaba a mi casa.
De todas las personas a las que escribo eres con la que más agusto me siento y con la que más necesidad tengo de sacarlo todo. Te confesaré más de una cosa. Es por tí por lo que ocurrió, Ella. Es por tí. Y ocurrió y entonces me marcho.
Antes déjame preguntarte por qué jamás te dejabas abrazar. En cada ella en la que creí ver un atisbo de tu rostro dejaba la huella, la pisada de mi zapato, por no encontrarte. Por escurrirte tú y toparme con ella. Te escurrías de mi abrazo igual que los momentos buenos. Sólo que esos uno los tiene que recordar, y a tí te debo imaginar.
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continuará ...................................................
29 Agosto 2006
No busquéis. No estoy. Me fui.
Vuelvo para informar de que no está aquí, definitivamente.
29 Agosto 2006
Quizás, como el artista que ve el círculo al crear, que trasciende y sube para entonces aparecer por debajo, tocando el barro, estás en ninguna parte y no eres más que consecuencia de una idea inexistente. Quizás sea completamente absurdo decirte todo esto y jamás me leas ni me oigas. Estoy siendo, puede, un inventor fracasado que abraza el cobre que no cabe ya en el rotor y duerme con la carcasa rota del motor de inducción que nunca acaba de ver terminado. Te estoy obligando a existir, al nombrarte, por mi cabezonería con Ella. Desde el principio. Estás en tí y en tí y en aquella tí y más al sur y en Pozuelo y en Capital y también en el banco de la esquina del StarBucks y entonces también ahí y ahí, en todas. Claro. Pero en menos una. ¿O no?
No duraba mucho sin que te viera. Intentaba en vano ver cada vez un resquicio de no-tú y abrazar todo lo no-tú que podía, siempre fracasando. Ganando tú. ¿Por qué aparecías?
Te odio.
12 Junio 2006
Estaba en lo cierto al decirte que cuando te hablaba de que realmente no la quería y que ya jamás amaría a nadie no trataba siquiera dar un paso hacia tí, en la dirección en la que tú, mirando de reojo, me esperabas (eso pensaba, que en el fondo me esperabas otra vez). Que cuando te llamaba amigablemente contándote de Cármen y de cómo me bastaron cinco días para darme cuenta de lo que en cinco meses sentiría a diario, y hablando los dos de las relaciones en pareja y explicándote yo que nunca amaría y que nunca amé (y te lo decía a tí, que hacía no mucho me dejaste), cuando marcaba tu número en mi teléfono nunca lo hacía pensando en tu lógica reacción interior, en que pensarías claro, lo que realmente amas es a mí y me llamas por eso y me quieres y me quieres tener otra vez. Yo con Cármen me di cuenta de muchas cosas que no fui capaz de sentir cuando los dos andábamos juntos, antes, durante y después de nuestra relación de ocho meses. Ahora tú estás, eso creo, con ese tipo de la Complutense. Tú muy bien y yo muy bien. Qué falso, pensarás, y yo te digo como desde detrás como desde la nuca y como enrevesado en tu cabello, que no.
Me abriste los ojos al dejarme, a mí que de verdad creía estar empezando a descubrir el verdadero amor. A olvidarme de mí. A pensar en Goethe con una creciente simpatía y menos escepticismo. A olvidar antiguos fracasos. Hubiera preferido al principio, cuando me encontraba tan sólo y mal, tan llorando y tan necesitándote y queriendo llamarte a cada rato y aguantándome pensando así en recuperarte, sin saber tú de mí, hubiera preferido entonces que jamás ocurriera que me dejaste y seguir ciego de aquel acercamiento al amor, ciego viendo la luz al final del laberinto trepando la pared al final de cada desfiladero o al torcer cada esquina, trepando la pared del laberinto cada vez que dormías a mi lado, tan Wong Kar, tan rojo saturado, dormías a mi lado y yo soñaba despierto que agarraba la enredadera y escalaba y la veía.
Me abriste los ojos al dejarme y dejamos que el tiempo pasara y volví a mí y escuchaba a Beck decir I feel loose, I feel haggard, don't know what I'm looking for; something true, something lovely that will make me feel alive y leía y sabía de lo que había de verdadero entre Horacio y La Maga y me perdía en Manuela y en sus garitos, entre las estrellas de la vía láctea y conocía y hablaba y bebía y hacía el amor para sentir otra vez ¡por fín! el escozor del vacío clavado en mi pecho y ver, más allá de la falsa luz (¡tan sólo una bombilla de tungsteno! ¿te das cuenta?), que el laberinto seguía y seguía hacia el no-amor.
Como cuando escribía aquella historia sobre Samuel y su desamor y escribía que Samuel entendía que nunca amó realmente a Julia, quien le había dejado, todo siempre como parte de ese absurdo plan de hacerte saber que ya nada, que no te quería, para así recuperarte. Pero luego ya no, Andrea, y perdóname por ese mareo en forma de novela y de bordería pero miradas, de no pero sí. Porque luego ya vino yo, y Malasaña, y otras, y No-amor.
Luego lo siguiente. A mí también se me hizo harto difícil ese momento, aunque yo no te lo dijera y tu a mí sí. Siempre había sido así ¿no lo sabes? tú mostrabas y yo guardaba, yo guardaba que cuando salías y te veías con el tipo ese de clase yo me incendiaba, que lo que decías y me dolía me dolía de verdad, que todo era tan verdadero a veces y no tanto otras. Fue realmente complicado ese momento para mí también, después de que nos hubiéramos alejado, después de vernos y actuar así como si nada, de conversar como simples conocidos y guardándonos tantas cosas. Detrás de la parada nos abrazamos como si fuera la primera vez, apretándonos como si fuera la última, y tú llorabas contra mi pecho y yo entonces te.
Y no fue así por tu cerrazón, esa forzada negación de las emociones a flor de piel que te empeñaste en mantener a toda costa. No quise volver, ni siquiera hacer el amor, tan sólo anhelaba avanzar, liberado de todo lastre humano que acompaña las relaciones de pareja, hacia aquel acercamiento que un par de años antes iniciamos, inocentes, tan afines tu y yo, juntarnos un poco más, acercarnos al imposible del encuentro verdadero. Sólo quise, más allá de cualquier superficie (o rencor, pérdida, envidia, posesión), sentir el abrazo de dos almas desnudas. Tan sólo tu y yo, sin tu-meses-de-relación ni yo-meses-de-relación. ¿Por qué no lo entendiste? Hubiera sido tan bonito. Tan superar. Tan un momento.
Tan un momento. Por eso tan verdad. Pues todo en la vida es incesante anhelo de permanencia. Te lo digo escuchando los tres últimos minutos de Keane en Put it behind you, banda sonora del streaptease de dos almas como las nuestras frente a frente.
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.. continuará ...................................................
11 Junio 2006
Recuerdo cuando hablábamos de aquello, en verdad de todo ésto; nos preguntábamos, allí, sentados esperando el autobús, sin verla y sabiendo que estaba detrás, qué pasaría si uno de nosotros se tirara por un puente. O se ahorcara, que no es la cuestión (y, no sé por qué, pero siempre ¿te has fijado? ilustrábamos la idea con el puente, tirarnos de un puente. Qué tendrán los puentes de especial eh, amigo, que tan claro lo veíamos así), y se fuera para siempre claro, se muriera, se suicidara queriendo, pensando en no volver... para mirarlos a todos. Hablábamos de que nos gustaría verlos, uno por uno, y saber qué sentían y cómo reaccionaban a nuestra muerte. En el momento exacto en que un tipo cualquiera, que tampoco es la cuestión, se lo comunicara por teléfono. O el profesor lo dijiese en clase. Y lo oyeran a la vez Almudena y José y Garci y todos éstos, y Lucía, Pedro, Lucía, que estaba detrás, esperando el treinta y siete y la sentíamos los dos. Lucía, que nunca nos habló, que se nos hacía, piénsalo ahora, inaguantablemente introvertida y, en verdad, bastante borde. Lucía, que escondía todo un universo de sentimientos y momentos, diálogos hablados sobre la vida y el amor y otros no tan hablados sobre la belleza y la pasión. Es jodido ahora que me muero, Pedro, pero tengo claro que esa mujer sólo existía en nuestros pensamientos compartidos y que lo que había, allí, de pie mojándose los bajos de los vaqueros y esperando el treinta y siete, era Lucía, L. García, así, una letra, un apellido y una cara angelical.
Hablábamos del suicidio, tiene gracia que me acuerde precisamente de eso cuando pienso en tí y en los momentos en que esperábamos el autobús, toda la vida por delante, rodeados de sueños y imprecisiones conceptuales, de ideas de contrapicado en un alto hierbal con mucha saturación. Es irónico, a la vez que patético.
Y qué decir del amor. ¿Se te ha ocurrido leer la interpretación que hace la Real Academia? Estuve el otro día leyéndola. Varias veces. ¿Encontrarás tú la piedra sagrada, ahora que te dejo sólo en la búsqueda? Yo me retiro sin esperanza, ya lo sabes. Pero, díme, ¿la tuvimos alguna vez? ¿No sentías la herida, que escocía, cada vez que creías acercarte a la piedra sagrada? ¿No es entonces cuando entendías que la búsqueda no trataba de la piedra en sí, sino que era una búsqueda del por qué de ese escozor? ¿Y no es así, curado con el tiempo de todo artificio, que sabías, odiándote, que esa herida la hizo quien nos privó del significado de lo que creemos anhelar? Yo lo supe con el tiempo: no existe el amor Pedro. No es más que el nombre que cada uno da al conjunto de sentimientos proyectados en el otro y mezclados con el sexo que utilizamos para llenar el vacío de ser máquinas destinadas a perderse y olvidarse.
Puede que al final todas sean ellas y nunca encuentres una Ella. Míralo, mira mira encontrar una Ella en algún momento de tu paso por las vías, algún día de tanto sol y tan poca expectativa, impotencia, ansiedad, melancolía | enojo, desconcierto, deseo, intensidad |me paso el día sintiendo los aeropuertos..., mira ir, avanzar sobre la acera y un charco y una Montaudon sin Montaudon, mira que no quiero llegar por lo efímero de la idea pero tu sí y vas entonces y encuentras una Ella. Punto y aparte.
El sentido de la forma. Ideas instantáneas del yo, Pedro. ¿Qué somos sino fugaces momentos de lucidez? De mínima consciencia. Y así también el concepto del no todo ellas, del encuentro cerca de la Montaudon y de tu vida en un charco. Por eso punto y aparte, corte sin fundido, pum, encontrar a Ella, conocerla tú, estar tú/Ella/lugar. O tú/Ella (aquello para los románticos). Y entonces desenfocado. Verlo y ya no más. Pero Pedro, pero Pedro: ¿Ella, o una Ella? Porque ¿no es entonces, entonces si una Ella y no Ella, que sería otra ella? ¿No lleva implícito en su definición, en su fundación detrás de la caverna, que sea única absolutamente?
Pues eso. Y que no seas tan cabezón.
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continuará...................................................................
30 Mayo 2006
Yo pensé siempre que aquello no fue más que eso y que el olvido vendría a buscarnos a cada uno por separado y sin que nos resistiéramos; que tres polvos y cuatro planes no darían de sí demasiado; que tú, después de irte, llevaste la historia demasiado lejos.
Y no me quejo pero, en cambio, me apena. Siempre intenté decirte que aquella primera vez maltumbados bajo las luces brillantes (deslumbraban a veces, recuerdo, y dolía si las miraba tras un rato de ojos cerrados, pero me gustaba, me agradaba, me alimentaba) bajo las luces del Gran Meliá Fenix, maltumbados e incómodos, las piernas y el metal de los bajos de cada asiento delantero de tu Polo, la ventana y baho pegados y pegajosos y nuestras cabezas, el techo tan abajo, casi en el suelo, el espacio que se cerraba en sí mismo si abrías los ojos, no muy cómodos entonces frente aquel precioso hotel (dímelo, cuán en serio pensamos en volver al lugar y dejar polos y estrechos y dormir en aquella habitación que se adivinaba si levantabas la cabeza desde allí o desde cualquier punto de Colón, con esa cama que nos merecíamos entonces, entonces pero no ahora, no en verdad, y es lo que intento decirte y sigo), no muy acomodados no muy agusto nuestros cuerpos rebozándose en el tapizado negro de colores que jamás me gustó, que aquella vez primera fue tan solo lo que fue lo que ocurrió lo que se vio y sin tener el verbo significar un solo matiz subjetivo que aportar al irremediable drama de la existencia humana como simple acontecimiento.
Perdón por mi escepticismo, que quizás no sienta bien ahora, ahora que me lees sabiendo que me voy, que me voy para siempre. Pero ¿ves? Incapaces de huir de cualquier circunstancia subjetiva que acompaña los hechos o siquiera los escritos, vertemos sobre éstos todos los colores que encontramos alrededor. Huye de esa dispersión de deformaciones lo más que puedas. Tampoco quiero aburrirte con estos incisos rimbombantes acerca de la forma misma de lo contado.
Antonio me dijo una vez "oye escucha Miguel mi hermana viene y se va". Jamás entendí que no te fueras, que te fueras a Francia como de costumbre y que no te fueras del Meliá. Que me llamaras a las semanas, ya a los meses, diciéndome de tí y de tu vida y hablándome como mi novia. Diciéndome te quiero. Escucha, nunca sabrás, ni yo ni tu ni otro, lo que es te quiero. Decir te quiero es decir te requiero, es decir te admiro, es decir te añoro, te espero incluso, es decir has entrado en el trozo de mi ser dedicado a poseer, es decir todo eso y es no saber estar diciendo todo eso ni estar queriendo acercarse al otro por deseo. Nunca sabrás lo que es te quiero Silvia.
Viniste, me acuerdo perfectamente, un viernes de Marzo y un doce de Marzo y un nublado de Marzo. Recuerdo lo nublado del día por la charla del profesor de literatura universal acerca de las nubes y su relación con el romanticismo de Coleridge aprovechando que el día "acompañaba" e impartiendo la clase al aire libre (frío y varias amenazas de lluvia) tras el edificio de electrotecnia. Electrotecnia electricidad magnetismo Maxwell Biot Ampère Savart conducción semi bjt mos; es sincero el amor del electrotécnico. Tu coleta fue en lo primero que me fijé seriamente. Estabas sentada frente a Alfonso, sentada de pie, apoyada en el mármol de la cocina de la tía Regina, que se casaba pronto con aquél hijo de puta con nombre de caballo y olor a rancio. Al tiempo me di cuenta de que el romanticismo coleridgeano, si bien parte de un pensamiento sobre la idea y la inspiración y acompaña a un rechazo al racionalismo irracional de la ilustración Rousseau Diderot Voltaire Holbach, lleva consigo y da sin querer prioridad (subrayado) a una determinada forma de representación (punto) de la sensación de que el paisaje es una extensión del alma y que lo que prevalece e importa verdaderamente es la experiencia y el aquí y ahora, (sigue) a una forma que acentúa y llega incluso a ¡señalar! Que, en definitiva, artificializa la manifestación de lo esencial a través del lenguaje, artifializa artificializa. De que no se une insipración romántica con representación realista por ejemplo, de que parece que uno es más romántico por lo barroco de su literatura. Luego, al acompañarte a casa de Antonio, llevando las maletas, te vi, me apeteciste, te deseé. En la cocina me llamó la atención tu coleta, la goma de cuatro colores que la envolvía, la rebuscada pero armoniosa manera en que tu pelo castaño salía para doblarse hacia abajo lentamente. Unido al flequillo y los laterales, me recordaba a algo que había visto en ARCO. Eras una chica guapa, bien, delgada. Tampoco es que me vayan las tías castañas delgadas bien. Pero me apeteciste mucho de camino con las bolsas y las maletas, detrás tuyo todo el trayecto, sin decirnos una palabra, pereza por mi parte y no se qué por la tuya. Un buen culo, pensé, parece interesante, no habla, tiene que tener mucho que decir, un poco tímida, mira bien. Interpolado al cine, debe ir por el camino de hacer lo posible por meter al espectador enteramente en la misma experiencia que vive el personaje mostrado; por lo tanto ahorrarse efectismos gratuitos, siendo gratuito todo lo que no sea exigido por una imagen necesaria. Huir, en definitiva, del romanticismo plástico. La belleza plástica es lo más aterrador que uno puede perseguir como fin al hacer cine: morirá y vagará como un fantasma por un mundo sin significado relacional, componiendo colores sobre la superficie de las cosas.
Tampoco entendí tu relación con Antonio. No le viste más que cuatro o cinco veces en toda tu vida, pero no estabas. No estabas con él cuando estabas con él ni él estaba contigo cuando estaba contigo. Os mirabais pero no os veíais; lo vi en cuanto os vi juntos, le vi y te vi, vi el grueso cristal, muro que vidas separa, almas desencuentra y viajes de vuelta de golpe termina. Cruzamos nueve pasos de cebra, no son pocos, treinta y un árboles de Mersenne, cinco calles de Madrid y el portal cincuenta de Montera. Me hablaste de él. Otra cocina para un regreso, el saludo, el abrazo, la búsqueda y el desencuentro. Yo, un espectador privilegiado. Que hace tres años y medio que no le veías, me dijiste. Os abrazásteis. Y lo que digo. Como por ejemplo aquella vez en el café de Princesa, donde hablábamos de Rocío, y por Rocío de El Corazón es un cazador solitario, y por McCullers del liberalismo, y yo me callé, me quedé atrás y os vi avanzar, tú a tu lado y Antonio al suyo, con miedo de perderos otra vez, con miedo de no salir de Madrid-Orléans, con miedo de aceptar lo terrible de ser hermanos y no conoceros. O esa otra vez en el Retiro, años antes, cuando tomabas un helado de chocolate y Antonio te miraba como a una chica, como a una chica y no como a una hermana. Y es lo que veía y veo, que no te ve y tu tampoco a él, porque tu no eres tú, Silvia, sino su hermana; él es tu hermano y no él.
Por eso, Silvia, por eso mismo yo después de ser tuyo ya no soy de él. Mira que tardamos en darnos cuenta, darnos digo porque no lo mencionaste y entonces yo supe que lo omitías, que no lo ignorabas, tardamos, sí, y la cagamos aunque eso ya qué más da. Porque podría ser tan sencillo como llevarme conmigo el secreto que te grité tantas veces, por teléfono y por correo, tan sencillo como esconderlo a un lado del camino, conmigo, mientras el tiempo pasa de largo contigo y con Antonio y con todos los demás. Pero no y te lo dejo por escrito póstumo, quizás por vicio puro, por innecesario e inconsciente vicio estético. Siempre lo fui, ahora que lo pienso. Un asqueroso esteta. Te dejo constancia y terminemos, Silvia, que necesito tiempo para los demás. Yo jamás te amé.
30 Mayo 2006
La venganza es un plato que se sirve frío. He oído esa frase varias veces antes, pero jamás la había sentido tan cierta como ahora. Porque me voy a vengar de la vida, y lo haré de forma reflexiva, poco a poco y sin vuelta atrás.
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